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Fin de semana en Guanajuato

Recuerdo, como si fuera ayer, el día en que me invitaste, mediante un correo, a pasar un fin de semana contigo en Guanajuato. Entonces aquella invitación quedaba tan lejana y tan enormemente irrealizable como amplia era la distancia que nos separaba entre España y Méjico. Y sin embargo un año pasó, con sus 365 días y noches y cuando aquella mañana te dije que tenía los billetes para Méjico, tú dejaste ir un grito de alegría y emoción contenida que me hizo estremecer.

Luego todo fue muy deprisa. El viaje en avión, el encuentro en el aeropuerto, besos, abrazos, la primera noche contigo. Pese a todo el deseo que habíamos ido acumulando en todo el tiempo que hacía que nos conocíamos aquella primera noche tan sólo dormíamos juntos, abrazados y felices, sin necesidad de nada más que sentirnos juntos el uno con el otro.

Al día siguiente nos levantamos temprano. El autocar a Guanajuato pasaba a primera hora de la mañana y nos esperaba un largo viaje.

Era finales de octubre, y como cada año desde hacía más de 3 décadas, Guanajuato celebraba el Festival Internacional Cervantino, una de las expresiones culturales latinoamericanas más importantes pues en dicho festival se daban lugar artistas de todo el mundo. Teatro, danza, pintura, música, cine, etc, eran las actividades que se realizaban en esta bella localidad durante más de 4 semanas seguidas. Tú habías estado allí el año pasado. Te encantó, e hiciste que me encantara a mí también sólo con la descripción que hacías de los lugares y las actuaciones visitadas. Aquel día comenzó a fraguarse la idea que finalmente este fin de semana tuvo lugar con mi visita, pasar todo un fin de semana en Guanajuato y disfrutar juntos de todos sus encantos.

Las primeras horas del viaje en autocar las pasamos durmiendo o hablando de nuestras cosas. Pese a tener un contacto periódico por correo electrónico teníamos tantas cosas que contarnos que en ocasiones los dos hablábamos a la vez y nos interrumpíamos involuntariamente. No obstante, todo se arreglaba con una sonrisa tuya. Estabas tan guapa que aún no comprendo como podía contener las ganas de hacerte mía.

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A medida que avanzaba la mañana la gente se fue animando. Las conversaciones eran cada vez más altas e incluso algunos grupos de chicos coreaban canciones de moda. Después de almorzar en una estación de servicio y de tomar algunas cervezas el ambiente fue claramente tomando un espíritu festivo y a los primeros chistes inocentes y risas le siguieron otros más subidos de tono y cuando las carcajadas ya comenzaban a ser escandalosas y la gente andaba ya muy animada comenzaron las canciones. Varios chicos del autocar habían traído consigo sus guitarras y aceptaban peticiones de los demás pasajeros. Así, podíamos pasar de una ranchera a una canción de Rock sin que la diferencia se notase excesivamente. Tú comenzaste a cantar también y yo te miraba y admiraba tu belleza serena. Entonces advertiste mi mirada y te pusiste a reír. Aquella canción, sí, aquella canción era…

Cuando llegamos a Guanajuato era sábado por la tarde. Habíamos viajado durante más de 7 horas en autocar pero los dos sabíamos que valdría la pena. Nada más bajar del autocar la gente se dispersó por las diferentes calles y plazas de las que llegaban todo tipo de sonidos sugerentes. Tú me tomaste de la mano y comenzamos a andar por las calles. El ambiente era fantástico. La gente paseaba de aquí para allá disfrutando de las actuaciones al aire libre: obras de teatro, danzas típicas de países muy lejanos, grupos de música de todos los estilos posibles, puestos de comida, de bebida, espectáculos pirotécnicos, etc, etc, etc La gente era muy amable. Todo el mundo te invitaba a tomar tal o cual cosa, todo el mundo sonreía y sin querer te impregnabas de ese ambiente festivo y en cierta manera carnavalesco.

Llegamos hasta la pensión donde nos íbamos a hospedar esa noche. Un edificio sencillo pero acogedor muy acorde con el espíritu del lugar. Dejamos allí las pocas cosas que habíamos traído para el viaje y continuamos visitando Guanajuato.

Ahora iremos a visitar a un paisano tuyo. –dijiste sonriente. No me sorprendió en absoluto que dijeras eso pues el lugar estaba repleto de gente de todos los lugares del mundo, colombianos, peruanos, alemanes, japoneses, italianos y por supuesto españoles. Callejeamos de aquí para allá sorteando los grupos de música que actuaban al aire libre y poco después de entrar en la calle Sopeña entendí lo que querías decirme con lo de visitar a un paisano. Junto a nosotros se alzaba la efigie de Miguel de Cervantes, el prodigioso autor de Don quijote de la mancha, personaje emblema de Guanajuato. Luego visitamos también el museo iconográfico del Quijote, uno de los más importantes en esta materia. Cuando salimos de allí el sol comenzaba a ponerse y sentados en un banco de la plaza del ropero admiramos ese momento mágico en el que el esplendoroso sol no tiene más remedio que ceder ante la belleza de la luna.

Luego retrocedimos hacia la plaza de los ángeles y desde allí arribamos al callejón del beso. Se trataba de una callejuela muy estrecha, no más de 70 cms. De ancha con unos escalones en la entrada.

Su nombre –dijiste- se debe a la leyenda de dos enamorados a quienes sus familias les prohibían verse y ellos se citaban clandestinamente en esos balcones. El padre

de Doña Ana, el nombre de la enamorada, descubrió a su hija en el momento de besarse con Don Carlos y ahí mismo la mató. Se dice que las parejas que se

dan un beso en el tercer escalón tienen garantizados siete años de felicidad. Segundos después nuestros labios se encontraron en un beso apasionado. Mis manos rodeaban tu espalda mientras tú te aferrabas a mi cuello con desesperación. Durante unos segundos nuestros cuerpos unidos fueron uno y nuestros sexos despertaron de su letargo. Fue sólo unos segundos, pero suficientes para que el deseo regresara de nuevo a mí, esta vez multiplicado por mil y me consta que tú lo advertiste.

De nuevo, caminando por las calles me sentía feliz en tu compañía. El breve escarceo en la calle del beso nos había abierto el apetito y buscamos un restaurante para cenar antes de volver de nuevo a las calles más transitadas y en las que había más ambiente. Pasamos por la plaza del baratillo, la cual tenía una espectacular fuente de metal fundido con peces esculpidos en la base. Comenzó a levantarse una ligera brisa que traía los ecos de las actuaciones en vivo, ahora algo lejanas. La plaza estaba silenciosa de no ser por el incesante sonar del agua de la fuente.

Pide un deseo –me dijiste-

Yo te miré a los ojos.

Ya se ha cumplido –dije yo.

Cenamos en un lugar cuyo nombre era tan sugerente como la comida que nos ofrecieron. El jardín de los milagros se llamaba y en verdad que para mí todo aquello era como un pequeño milagro. El estar allí, contigo, disfrutando de esa bella localidad era sin duda algo fuera de lo normal.

La cena fue un sin fin de provocaciones por tu parte. ¿o creíste que no me estaba dando cuenta? Incluso la forma en que coqueteabas con el camarero resultaba excitante y provocadora. En cierta manera era como un regalo para mi ego. Era como decirle al mundo: "miren, ven a esta deliciosa mujer que hay aquí, pues bien, esta noche será mía, se entregará en cuerpo y alma a mí y yo seré el afortunado que la disfrutará."

Tras la cena volvimos a la zona de mayor ambiente. En la explanada de la alhóndiga estaban la mayoría de grupos musicales y fue allí donde pasamos la mayor parte del tiempo. Aquello era bárbaro. Todo el mundo iba muy puesto de beber y fumar pero todo eran risas, no habían malos rollos, todo el mundo compartía con la gente que tenía al lado bebidas y algo de hierba. Los grupos estaban tan cerca unos de otros que casi se solapaban. Podías estar escuchando un grupo de rock metal y a menos de 30 metros encontrarte con un grupo de salsa o con unos mariachis. Al pasar cerca de un grupo que hacía música caribeña, el cantante se acercó a nosotros y te sacó en medio de la plaza a bailar con él. Al principio la cosa me pareció divertida pues tú te pusiste colorada por la vergüenza pero enseguida le cogiste el ritmo y bailabas al son de la música con gracia y soltura. Sólo verte mover las caderas podía desatar en un hombre los instintos más salvajes. Pero pronto dejó de parecerme divertido y comencé a sentirme algo celoso. Aquel mulato se pegaba tanto a tu cuerpo que más que bailar parecía que te estuviera metiendo mano. Justo cuando estaba decidido a traerte de nuevo conmigo, él te dejó y fue a por otra chica del público. Estoy seguro de que advertiste mi cara de pocos amigos al llegar a mi lado pero un par de bailoteos frente a mí y un piquito y volví a sentirme bien.

Poco a poco, y casi sin quererlo fuimos alejándonos de la zona más estridente y concurrida y fuimos viendo espectáculos algo más minoritarios pero igualmente bellos. Así llegamos hasta la plaza en la que se encuentra el teatro Juárez. Me dijiste que te encantaba el ambiente de aquella plaza con muchos árboles altos y unos músicos que tocaban piezas lentas. Eso, unido al magnífico espectáculo que era contemplar la luna llena y un cielo limpio y estrellado daba a esa plaza un aspecto muy romántico y bohemio. Yo te tomé de la mano y nos acercamos hasta donde otras parejas bailaban muy agarrados. Nosotros hicimos lo propio y perdí la cuenta de las veces que nos besamos. Yo te tenía agarrada por la cintura y te atraía más y más a mí hasta que estábamos tan pegados que podía sentir los latidos de tu corazón en mi pecho. Tú también me sentías a mi, de eso estoy seguro, pues a esas horas el deseo ya era imparable e irreprimible. No sé cuanto rato estuvimos allí, no menos de una hora, sin separarnos ni un solo momento. Luego la música paró y la gente comenzó a desfilar. Eran las 3 de la mañana pero no queríamos dar por concluida la jornada aún. Nos sentamos en uno de los bancos que hasta hacía pocos minutos habían estado ocupados por el público. Mejor dicho yo me senté en el banco porque tú te sentaste en mis piernas frente a mí.

¿lo estás pasando bien? –preguntaste-

¿se puede pasar mal estando contigo?

Tonto, digo si te gustó la ciudad, si valió la pena venir hasta aquí desde tan lejos.

Entonces a lo Mark Anthony comencé a cantarte Valió la pena y tú te reías de mí y me decías que estaba borracho.

Yo comencé a hacerte cosquillas pero pronto mis actos dejaron de ser tan inocentes y dejaba ir mi mano hacia tus pechos, al principio de manera casual, luego intencionada y finalmente fuiste tú quien se desabrochó varios botones de la blusa para que pudiera acariciarte mejor.

Posé mis manos sobre tus pechos mientras volvíamos a besarnos por enésima vez. Estuve unos segundos así, sólo abarcando tus pechos con las manos, intentando grabar en mi cerebro esa magnífica sensación para poder reproducirla más tarde cuando tú no estuvieses a mi lado. Luego mis manos se adentraron en la blusa y levantaron una copa del sujetador para dejar libre uno de tus pechos. Lo miré y era hermoso. Bronceado por el sol, con un pequeño y delicado pezoncito que quería mirar al cielo y con un perfume tan agradable y sensual que daban ganas de comérselo. Lo lamí, quería saborearlo, necesitaba impregnarme de ti al máximo y mientras mi lengua jugueteaba con tu pezón una de mis manos avanzaba peligrosamente por tus muslos colándose bajo la falda que tan bien te quedaba.

De vez en cuando pasaba alguien a pocos metros de nosotros pero eso ya no nos importaba, en nuestra realidad ya no existían ni los conciertos ni las personas, ni la música ni los tambores, sólo tú y yo y las sensaciones que nos despertaban el descubrimiento del cuerpo del otro.

Mis dedos alcanzaron tus braguitas. Justo en ese momento tú separabas un poco más las piernas para facilitar la exploración. Mis dedos alcanzaron el elástico y una vez dentro no fue nada complicado alcanzar la espesura de tu selva negra. Había alcanzado el lugar mas deseado por muchos hombres, tus labios íntimos, y rezumaban calor y humedad por mí y eso era fantástico. Los separé levemente y busqué tu clítoris con afán. Un gemido tuyo me indicó que lo había encontrado.

Será mejor que regresemos a la pensión antes de que la cosa vaya a más o nos detendrán por escándalo público.

A mí no me apetecía en absoluto moverme de allí, y menos ahora que había encontrado la felicidad pero tenías razón, como siempre, y después de recomponernos la ropa caminamos hacia la pensión.

Fue un trayecto corto, pero a mí se me hizo interminable. Aprovechábamos cada callejón oscuro, cada portal para tocarnos y para besarnos como adolescentes. Finalmente llegamos a nuestra habitación. Extrañamente, con la seguridad que nos daba la intimidad de aquellas cuatro paredes se perdió parte de la espontaneidad y el morbo que habíamos sentido en el banco de aquella plaza.

Nos desnudamos el uno al otro, sin prisas y deleitándonos con la visión sensual de nuestros cuerpos semidesnudos. Luego, bajo las sábanas nuestros cuerpos se acoplaron como habían deseado desde hacía ya mucho tiempo. Al principio todo fue ardiente y desenfrenado. Yo me movía encima de ti con desesperación, intentando alargar al máximo lo inevitable, dándote tiempo para que tú lo disfrutaras también. Luego la pasión dejó paso a la ternura y llegó el momento para las caricias y los besos. Besé todo tu cuerpo, fabricando en tu piel un traje de saliva que iba desde los pies hasta tu cuello. No puedo negar que en determinadas zonas de tu cuerpo hice un esfuerzo adicional por complacerte, y dada la forma de gemir que tenías creo que lo conseguí. Debo reconocer que tú no te quedaste atrás y tus labios eran tan sabrosos, y tu lengua tan traviesa, que perdí la cuenta de las veces que deseé no estar soñando.

Después de varias horas de buen sexo quedamos agotados y caímos dormidos y abrazados el uno junto al otro.

Cuando despertamos a la mañana siguiente eran ya más de las 3 de la tarde. Volvimos a hacer el amor, esta vez en la ducha, y luego de vestirnos bajamos a comer algo. Las calles seguían tal y como las habíamos dejado la noche anterior. Música, voces, gritos de gente, risas, alcohol, parecía que nada hubiese cambiado a excepción de nosotros, que ya no estábamos cansados y deseosos si no radiantes y relajados. Disponíamos aún de 4 horas antes de que saliera el autocar de regreso. Las aprovechamos visitando el resto de la ciudad que aún no habíamos visto. De todo lo que vimos esa tarde, edificios importantes, museos y plazas, la que más nos impresionó fue la plaza de la paz, la más importante de Guanajuato desde tiempos coloniales y en la que pasamos nuestros últimos momentos de aquel maravilloso fin de semana.

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